El costo de producir una moneda de cinco centavos en Estados Unidos asciende a 13,78 centavos, casi el triple de su valor facial, según la Casa de la Moneda. El centavo, que requería 3,69 centavos para su fabricación, dejó de acuñarse en 2025. Es el año número diecinueve en que ambas piezas cuestan más de lo que representan, una contradicción que solo se resuelve cuando las cifras se vuelven insostenibles. Esto refleja un sistema que ya ni siquiera aparenta que el dinero posee el valor que proclama.

En ese mismo dinero, cada persona deposita algo mucho más valioso: su trabajo. Horas de esfuerzo, años de estudio, paciencia acumulada. Todo se convierte en un número en una cuenta bancaria. La pregunta que casi nadie se formula es qué sentido tiene trabajar tan duro por un dinero que otros pueden fabricar mientras uno descansa.

El dinero como recipiente de trabajo que se vacía

El dinero es una reserva de valor que almacena tiempo y energía. Cuando alguien acepta billetes a cambio de su jornada, confía en que ese valor se mantendrá. La creación de dinero nuevo rompe ese pacto. Al emitir unidades que antes no existían, se incrementa el denominador y se reduce el poder de compra de las unidades existentes. Es una transferencia de riqueza desde el ahorrador hacia el emisor, sin consentimiento. En el siglo XVI, Copérnico ya advirtió que la queja general sobre el encarecimiento de todo se debe a la degradación de la moneda.

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La inflación no es un error: es el plan

Los bancos centrales no combaten la inflación; la persiguen como objetivo. La Reserva Federal busca un 2% anual, lo que implica destruir el 60% del valor de los ahorros en tres décadas. Ese 2% surgió de un comentario improvisado del ministro neozelandés Roger Douglas en 1988, sin consulta técnica ni parlamentaria. Ningún parlamento lo votó. El economista Ludwig von Mises sostuvo que la inflación es antidemocrática porque nunca se somete al voto de quienes la sufren.

1971: el fin del último freno

Hasta 1971, el dólar estaba respaldado por oro. Desde entonces, se emite sin límite material. El resultado: desde 1913, el dólar ha perdido el 97% de su poder de compra; desde 1971, el 86%; y desde 2010, el 35%. Lo que en 2010 costaba 100 dólares hoy requiere 135. Quien guardó 100 dólares durante quince años perdió una cuarta parte de su valor. No fue un accidente: fue el sistema funcionando con normalidad. Además, el fisco grava las ganancias nominales, aunque el poder adquisitivo real no haya cambiado.

El efecto Cantillon: los beneficiarios de la inflación

La inflación no afecta a todos por igual. El dinero nuevo entra primero a los círculos privilegiados (Estado, bancos) y luego se derrama. Quien lo recibe primero gasta antes de que suban los precios; quien lo recibe al final paga más. Este mecanismo, conocido como efecto Cantillon, fue descrito por Keynes como una confiscación encubierta de riqueza. Javier Milei lo llamó robo, pero en el poder suavizó su postura. No hay moneda estatal que no se devalúe; unas lo hacen rápido, otras lento.

Bitcoin: la primera alternativa

Bitcoin es el primer dinero que nadie puede diluir. Su emisión está predeterminada, el ritmo de creación es transparente y verificable, y no existe banco central ni gobierno que pueda aumentar la oferta. No hay efecto Cantillon posible cuando nadie tiene el privilegio de crear nuevas unidades. Las stablecoins, aunque útiles, son simplemente dólares digitales y no resuelven el problema de fondo. Otras criptomonedas como Ethereum, Solana o Cardano tienen equipos que pueden alterar las reglas de emisión, lo que reinstaura la figura de un controlador. La pregunta que distingue un dinero de otro no es qué tecnología usa, sino si alguien puede imprimir más. La verdadera oportunidad no es especular, sino dejar de perder poder adquisitivo. Por primera vez en la historia, existe un dinero que nadie puede crear a tus espaldas. Se puede continuar siendo despojado por inercia o simplemente optar por salirse del sistema.

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