La idea de formalizar el dólar como moneda de curso legal en Venezuela, eliminando al Banco Central y adoptando plenamente la divisa estadounidense, presenta una lógica de estabilización muy atractiva. Respaldada por el académico Steve Hanke de la Universidad Johns Hopkins, reconocido por sus estudios sobre hiperinflación, este plan ofrece un freno inmediato a la constante depreciación del bolívar. Sin embargo, en el complejo escenario geoeconómico actual, la medida requiere un análisis profundo de sus consecuencias a largo plazo.
Los riesgos de una dolarización total
La dolarización no elimina el riesgo sistémico; simplemente lo traslada. Al ceder la política monetaria a la Reserva Federal de Estados Unidos, el país sudamericano asume una dependencia crítica de las decisiones geopolíticas y crediticias de Washington. Esta vulnerabilidad se vuelve aún más evidente cuando observamos el comportamiento de los propios mercados estadounidenses. Mientras en Venezuela se debate la adopción del billete verde, los inversores de Wall Street están acumulando masivamente un activo que funciona como contrapeso a la degradación del dólar: bitcoin.
Wall Street apuesta por bitcoin como cobertura
Datos de River Financial revelan que 49,6 millones de adultos en Estados Unidos poseen bitcoin, superando ampliamente a los 28,8 millones que invierten en oro. La llegada de los fondos cotizados en bolsa (ETF) al contado ha impulsado la adopción hasta el 18,6% de la población. A nivel global, los actores estadounidenses controlan el 42% del bitcoin circulante y más del 90% de las reservas corporativas en este activo digital. Es revelador que la economía que emite la moneda de reserva mundial esté acumulando, como cobertura patrimonial, un activo neutral, descentralizado e inmune a la dilución por emisión inorgánica. Si el mercado estadounidense utiliza bitcoin como protección contra la erosión del dólar, una economía asfixiada por liquidez como la venezolana no puede ignorar esta señal.
La realidad callejera: un sistema bimodal ya en marcha
En Venezuela coexisten dos dinámicas paralelas. Por un lado, la dolarización de facto, donde la población usa el dólar en efectivo para transacciones diarias. Por otro lado, una rápida transición hacia la economía digital. Según reportes, el volumen de transacciones con criptoactivos en el país superó los 44.000 millones de dólares entre 2024 y 2025. Sin embargo, es importante aclarar que la población no utiliza bitcoin para el consumo cotidiano debido a su volatilidad, sino como activo de ahorro a largo plazo. Para las operaciones diarias, los venezolanos prefieren stablecoins vinculadas al dólar, como USDT o USDC. De manera intuitiva, los ciudadanos han articulado un sistema bimonetario funcional que combina liquidez inmediata en dólares digitales con protección patrimonial en bitcoin.
Hacia una política pública que institucionalice la realidad
Sustituir formalmente el bolívar por el dólar solucionaría el problema de la unidad de cuenta, pero no otorgaría soberanía financiera. Adoptar bitcoin como moneda de curso legal exclusivo tampoco sería viable a corto plazo, dada su volatilidad para fijar salarios y contratos. La solución óptima reside en la complementariedad. La política pública no debe imponer una “bitcoinización” forzosa, sino institucionalizar lo que ya ocurre en el mercado: legalizar el esquema bimonetario y la liquidez digital, permitiendo la libre circulación del dólar y las stablecoins para garantizar estabilidad de precios transaccionales; y, al mismo tiempo, constituir una reserva nacional estratégica de bitcoin, acumulando tesorería en un activo soberano neutral, de emisión finita y estrictamente limitada a 21 millones de unidades, para desvincular el balance fiscal del Estado de los vaivenes de la Fed y del riesgo de embargo de activos internacionales.
Conclusión: un remedio incompleto
Steve Hanke acierta en la necesidad de eliminar la discrecionalidad del Banco Central venezolano, pero la dolarización exclusiva es un remedio incompleto. La dolarización formal frena la hemorragia inflacionaria, mientras que la integración de bitcoin en las reservas estratégicas protege al país contra la volatilidad geopolítica. El futuro financiero de Venezuela no pasa por subordinarse a Washington, sino por articular un modelo bimonetario y digital alineado con las tendencias del mercado global.