Durante años, muchos creyeron haber comprendido los peligros fundamentales de Bitcoin. No todos, claro está, porque nadie abarca la totalidad de las capas técnicas, económicas y sociales que sostienen este ecosistema. Sin embargo, se pensaba haber captado al menos los más relevantes. Se sabía que no era prudente conservar bitcoins en un exchange, que delegar los ahorros a una empresa implicaba aceptar riesgos inaceptables, y que la máxima "not your keys, not your coins" no era solo un eslogan, sino una advertencia real. También se asumía que la custodia propia no era sencilla ni infalible, pero se daba por sentada.
¿De dónde surge la inquietud?
El incidente Coldcard ha revelado que quizás una parte de la tranquilidad provenía de una simplificación excesiva. Se había llegado a un punto donde se respiraba con alivio, al lugar de las seguridades. Pero ese lugar, en realidad, no existe. Antes de continuar, es necesario aclarar que no se perdieron bitcoins con el evento Coldcard. Sin embargo, eso no significa que lo ocurrido no pueda tener un impacto profundo en quienes lo observan desde una distancia moderada. Este episodio deja una marca: por primera vez, muchos se cuestionan el absolutismo de que Bitcoin nunca puede fallar. Aquí es donde algunos comenzarán a juzgar, pero la realidad no se construye con dogmas.
No se refiere a que Bitcoin haya dejado de funcionar como protocolo, ni a que la red haya perdido sus propiedades únicas. Se trata de algo más personal: la sensación de que, después de años de aprendizaje, todavía pueden existir áreas de riesgo que ni siquiera se sabía que debían examinarse. Muchos bitcoiners pasan por un proceso similar: al principio desconfían de todo, luego aprenden a desconfiar de bancos, exchanges, altcoins y custodios, y finalmente depositan una enorme confianza en las herramientas elegidas para la custodia propia. Se llega a creer que la cuestión termina ahí.
¿Pérdida de confianza sin haber perdido bitcoin?
Como se mencionó, no se perdieron BTC. No se escribe desde la desesperación de quienes vieron sus ahorros desaparecer de la noche a la mañana. Quizás por eso sorprendió la propia reacción. Pero todo tiene sentido. Hace unos días, se publicó un reportaje en el que, con la ayuda de dos psicólogos, se exploraban las consecuencias emocionales que un episodio como este podría tener para quienes sí resultaron afectados. La preocupación entonces se centraba en el riesgo de convertir una pérdida patrimonial en una pérdida de identidad, en cómo Bitcoin puede ocupar un lugar tan importante en la vida de una persona que un golpe financiero termina sintiéndose como un golpe existencial.
Entre las frases compartidas por los especialistas, hubo algunas que dieron sentido a la propia lectura del asunto. El psicólogo Paulo Márquez, jefe de Redacción de CriptoNoticias, señaló: "Básicamente es un episodio de incertidumbre colectiva, donde las bases de tu concepto del mundo y de sus principios tal como creías que existían, se derrumbaron de un momento a otro". Es así: las bases del mundo de Bitcoin se han tambaleado. Quien lo niegue, en mi opinión, peca al menos de inocencia. Puede que incluso esté en la fase de negación del duelo, como describen los especialistas en salud mental.
Incluso para quienes no perdieron un solo satoshi, este episodio dejó una herida. No económica, sino intelectual. Quizás incluso filosófica. Obligó a revisar una certeza que se había construido durante años. Y no parece que esa sensación sea exclusiva. Para algunos, este evento dejó una lección aún mayor que la seguridad y la protección del patrimonio. De esto no solo se debe aprender sobre Bitcoin, sino también sobre cómo gestionar las propias expectativas y creencias. Sin salud mental, no importa cuántos bitcoins se tengan.